Como cada año, no han faltado a la cita. El pasado martes recibimos la visita de Serafín Suárez y Antonio Fernández, dos animadores misioneros del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), la asociación de sacerdotes diocesanos españoles, dependiente de la Conferencia Episcopal Española, dedicados a la actividad misionera de la Iglesia, con presencia en 13 países del mundo. Tanto Serafín como Antonio son actualmente misioneros en Zimbabwe y la República Dominicana respectivamente; y cuentan con una experiencia de 30 años en misiones, además de dedicarse a la edición y administración de publicaciones para la divulgación misionera.

El objetivo de esta visita ha sido la de fomentar en el clero diocesano, y entre nosotros los seminaristas, la dimensión misionera “ad gentes”, algo esencial en la formación del sacerdote, y que tan urgente y necesaria sigue siendo en el mundo de hoy. A pesar de la escasez de vocaciones que sufre Europa, en la actualidad siguen existiendo muchas Iglesias locales de América, Asia y África que perviven gracias a la solidaridad de la Iglesia común. Igualmente, es una realidad el descenso en picado del número de misioneros en las últimas décadas, con el consiguiente aumento de la media de edad entre ellos.

Pero, ¿por qué ser misionero? o ¿por qué yo? Porque evangelizar a otras personas nos evangeliza a nosotros; porque sólo el que da recibe, y abundantemente; porque una Iglesia que no es misionera, es una Iglesia que está muerta. También es verdad que nadie puede dar lo que no tiene, y que sin oración no hay misión. Tener misioneros es urgente y necesario, aunque en algunas zonas simplemente sea presencial; incitar a cuestionarse ya hace efectiva la misión.

Los seminaristas somos conscientes de la necesidad de formarnos bien durante la etapa del seminario, y la misión es una dimensión transversal fundamental en nuestra formación. Despertar el espíritu misionero es mantener vivo ese fervor inicial de los primeros apóstoles que fueron enviados por el Señor, y no podemos olvidar que no hemos recibido a Cristo para nosotros solos, sino para darlo a los demás.


Mas Él, tristemente, movió la cabeza…
“Pasó la cosecha – me dijo- Solo hay
un poco de trigo que no se juntó…
Mas fue tu descuido el que lo dejó…
El pasar del año pasaste afanoso;
cuando yo llamaba no oíste mi voz.”
¿De qué sirve ahora mi remordimiento?
¿Qué será del trigo que no se juntó…?

Autor desconocido