El pasado 1 de julio, junto con otros dos compañeros, tuve la gran suerte de poder vivir la experiencia de los ejercicios espirituales ignacianos de un mes en Javier (Navarra), donde nació San Francisco Javier, patrono de las misiones.

Ha sido un mes de recapitular todo en Él. De saber que Él está conmigo y no me abandona. De ahondar en mi historia personal y ver mi vida desde Él; de aceptarme como soy y aceptar plenamente la vocación a la que me llama, el sacerdocio; para darme por entero a Él y, desde Él, a los demás. Sólo desde Él comprendo la vida, mi historia, mi día a día, el sufrimiento y las alegrías, y nada ni nadie puede ni podrá quitarme el amor que Él me da. Ojalá todo el Mundo pudiera sentir y experimentar la sensación de que sin tener nada de lo que el mundo aprecia se puede tener todo y sentirse pleno.

Por otra parte, al ser tan largo este mes de ejercicios espirituales, se hacen diversas excursiones para poder volver con más fuerza al encuentro con Jesús. Durante estas excursiones he tenido la suerte de conocer personas maravillosas de diversas congregaciones, como la del Regnum Christi, y que se han quedado para siempre en mi corazón, por lo que ha sido un regalazo de Dios.  También me siento agradecido por el trato recibido en Javier por el padre José María Ábrego y diversos Jesuitas que estuvieron siempre a nuestra disposición.

Al volver, en el mes de agosto, he estado trabajando tanto en el obispado de Jaén como en la parroquia Cristo Rey. El compartir el día a día con Juan Ignacio, para mí es un auténtico regalo. Su bondad me acerca un poco más a Dios y me hace darle gracias por tantos sacerdotes buenos que no dejan ni paran en vacaciones de trabajar y dar la vida por nuestra Iglesia.

También, el estar más ocupado y tener menos tiempo para mi familia y amigos me ayuda cada vez más a darme cuenta y a valorar la importancia de cada momento, y de amar siempre y en toda circunstancia. No merece la pena nada que no sea amor.

Finalmente, me gustaría agradecer a la Diócesis de Jaén por el esfuerzo tan grande que hace al costearnos unos ejercicios espirituales para que podamos entregarnos y darnos por entero a todas las personas que Dios ponga en nuestro camino y ministerio.

Que como el Cristo de la sonrisa de Javier, al morir, podamos sentir la paz de haber hecho lo que teníamos que hacer, que es la voluntad de Dios.

José Extremera
Seminarista

Seminario diocesano de Jaén

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