Cuán difícil es el abandonar y el abandonarse. Si pudiéramos señalar alguno de los objetivos marcados para este camino que el Señor ha querido para conmigo, y que he comenzado a trazar junto a Él, sería este. Es angosto y sacrificado, pero cada paso dado es un paso ganado. Es mucho más clarividente que esto, es lo que es de Dios.

Y si tuviéramos que coger una muestra para clarificar que es esto y no otra cosa, serían las múltiples experiencias, vivencias y testimonios que este verano Dios me ha regalado. Siguiendo un eje cronológico de lo vivido, tanto en comunidad como de manera individual, la I Misión Rural en Siles ha despertado en muchos de nosotros, y singularmente en mí, un corazón misionero en el que reconoce que la Iglesia que se viene tiene que ser una iglesia misionera, en salida y sinodal.

Lo que me deparaba después de la misión era reencontrarme con mi familia. Un tiempo aprovechado para estar cerca de ellos, servir en lo que sea necesario en las labores del hogar, disfrutar de los amigos…, sin poder dejar por alto la Eucaristía diaria, este año de una manera especial. La Iglesia que durante más de veinte años nos ha acogido a mi familia y a mí como la iglesia de las vacaciones, ahora es la Iglesia de Jaén que me acoge como un seminarista forastero, pero un hijo suyo más. Ha sido todo un vivir y sentir junto a ellos la gran semana de la novena a la Virgen del Carmen y su fiesta.

Seguidamente comenzaba mi pastoral en Villanueva del Arzobispo junto con mi compañero Juan Alfonso en el asilo, y la dirección y acompañamiento de Don Juan Carlos Córdoba. El haber tenido la oportunidad de vivir mucho tiempo junto con mis dos abuelas, conocer cuales son sus dificultades, sus manías, sus cosas, ha configurado en mí un corazón de alguien que ama y siente el tener cerca a la gente mayor. Sus vidas son un testimonio de la historia que ha pasado. Nada de lo que yo piso, farolas que me iluminan, o bancos donde me siento, son obras mías sino más bien cosa de ellos, puesto que ellos nos precedieron en el todo y todo ello lo recibimos nosotros. Qué menos que dedicarles nuestro cariño y nuestra atención, llevándome incluso hasta amigos. La pandilla que formamos Don Miguel, Don Andrés y un servidor durante esos primeros días del mes de agosto en Villanueva jamás se va a olvidar.

Y finalmente El Camino, el reencontrarse de nuevo con el Apóstol igual que lo hiciera hace un año para renovar ese sí al Señor. Cada paso dado una superación más, y cada peregrino un testimonio. Los llamados por el Señor somos aquellos quienes debemos de abandonarnos para llenarnos de los demás y entregarnos a ellos. Escuchar sus peticiones, sus deseos, sus vidas y todas ellas cargarlas en una mochila para presentarlas ante el Apóstol, que bien seguro él intercederá por nosotros ante Dios.

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta.

Santa Teresa de Jesús.

Guillermo Pérez
Seminarista

Seminario diocesano de Jaén
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