Una de las cosas que han caracterizado mis vivencias de este verano es precisamente la calma, esa calma necesaria para encontrarme de una forma especial con Dios.
El pasado día 1 de julio viajé hasta Javier junto con mis compañeros Samuel y José para vivir una experiencia que ha configurado profundamente mi vida espiritual. Se trata de los ejercicios espirituales.
Ha sido un mes entero lleno de discernimiento, emociones y también miedos. Unos días preciosos que han servido para poner mi vida a los pies de Dios, para que Él me moldee cada día según Su Voluntad, a pesar de mi fragilidad.
Los ejercicios han sido dirigidos por el jesuita José María Ábrego, quien ha sabido inculcarnos la ilusión por saber que Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros, y que no se cansa de acompañarnos, a pesar de nuestros pecados.
Un mes, sin duda, que siempre recordaré, y en el que he tenido la suerte de conocer a grandes personas que han compartido sus experiencias y que me han enriquecido mucho.
De vuelta a casa he podido aprovechar al máximo estas vacaciones, acompañado de mi familia y amigos. También colaboro en las parroquias de Villacarrillo, donde he mantenido el ritmo de oración.
Doy gracias a Dios por este verano, por las experiencias y por todas las personas que he conocido y con las que he compartido la fe.
Guillermo Ballesteros
Seminarista





