Con estas palabras a las espaldas, casi un centenar de jóvenes entramos en la plaza del Obradoiro, para terminar el Camino de Santiago organizado por la Pastoral Universitaria de la Diócesis de Jaén. Felicidad fue lo que sentí cuando mis formadores me mandaron, junto con mis compañeros Bartho y Antonio, a realizar el Camino con noventa jóvenes de nuestra provincia como parte de nuestra pastoral veraniega. Y es que el Camino siempre había sido algo que había tenido en mi «lista de cosas pendientes».
El miedo inicial que uno puede llegar a sentir relacionado a si aguantaré físicamente o no, y en mi caso, un temor a no ser verdaderamente testimonio del Seminario y de Dios, se convirtió rápidamente en alegría y esperanza.

La verdad es que el grupo de jóvenes y sacerdotes, junto con nuestro obispo Don Sebastián, ha sido una bendición. La confianza que se generó desde el primer momento, el cómo estructuraron el Camino, como una verdadera búsqueda de la vocación, una introspección de la persona para identificar nuestras alegrías y anhelos, pero también nuestros miedos e inseguridades, dieron momentos en las dinámicas grupales que se quedarán en mi memoria.

Personalmente el Camino ha hecho que en cierta manera «me sienta sacerdote». El símbolo del pastor entre las ovejas que escucha sus palabras, opiniones y problemas; los laicos como las huellas y manos del pastor, donde he podido ver en cada gesto de amor entre ellos (y con nosotros) a Él, a la persona por quien he entregado mi vida; y la Providencia, que me ha dado conversaciones maravillosas con personas que ni me pensaba que iba a hablar; son cosas que han hecho que en mí cobre aún más fuerza la decisión que tomé hará un año cuando decidí entrar al Seminario Diocesano. Todo esto es algo que a un servidor le hace ver, también, lo que tiene que mejorar en su camino de configuración con Cristo, pues como en más de una ocasión comenté en nuestra peregrinación «cada uno de los presentes le da mil vueltas a uno en el seguimiento a Jesús».

El resto del verano lo he pasado en mi tierra, en Bailén, con mis párrocos D. Manuel y D. Manuel Ángel, y mi compañero Antonio, que como él también comentó en su experiencia pastoral, es un lujo y algo que estaba en el plan de Dios, aunque no lo supiéramos, compartir los años de Seminario con un paisano.  Siempre lo digo, y no me cansaré de decirlo, que estar en mi tierra y en sus parroquias me causa una especial felicidad. Ver como todos tus vecinos, familiares y amigos, rezan por ti, te tienen en sus pensamientos y te dan palabras de esperanza y aliento, es un tesoro por el que doy diariamente gracias al Señor. Al final, es estar entre la gente que te ha visto crecer desde pequeño y con la que compartes tantas cosas, como la devoción a Nuestra Señora de Zocueca Coronada, nuestra patrona, de la que pude disfrutar de sus fiestas y ver cómo todo un pueblo se une entorno a Ella.

No se me olvida mencionar especialmente mi subida al Cerro del Cabezo para ver a la Madre de todos los jienenses, nuestra Morenita, la Santísima Virgen de la Cabeza, por el día de su aparición al pastor de Colomera; y la vigilia que celebramos en torno al Cristo de Chircales en Valdepeñas de Jaén; así como mi participación en la novena a los santos patronos de Arjona, San Bonoso y San Maximiano.

Y en todo esto, presente el Señor, en el amor y fraternidad de tanta gente. En definitiva, un verano completo de experiencias de Dios, que me servirá seguro para este nuevo curso que entra.

Francisco Jesús Comino
Seminarista

Seminario diocesano de Jaén

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