La solemnidad de la Inmaculada Concepción tuvo como núcleo la celebración de la Eucaristía y la consagración de los seminaristas.

La jornada comenzó con el rezo solemne de Laudes en la Capilla Mayor del Seminario, donde algunos de nuestros seminaristas culminaron, tras una previa preparación de 30 días, su Consagración Total a Jesús por María según el método de San Luis María Grignion de Montfort, a la que se sumó el resto del seminario en un acto de renovación de nuestro compromiso mariano.

Al mediodía tuvo lugar la celebración de la Eucaristía en nuestra SIC de Jaén, presidida por nuestro obispo, D. Sebastián Chico. En la homilía, el prelado nos animó a acoger el mensaje de Nuestra Señora con el corazón: creer en Dios y cumplir su Voluntad, que es la Verdad, frente a los falsos profetas de este mundo que hacen creer que la salvación viene por medio del dinero o de ciertas doctrinas políticas. Sabiendo que la riqueza moral viene por la práctica de las virtudes cristianas y por la purificación que ofrece la Sangre de Cristo, D. Sebastián nos invitó a revisar nuestra vida cristiana sin dejarnos dominar por el materialismo de este mundo, y nos alentó a remar todos juntos por una Iglesia santa, que sea luz, servicio y misión para mejorar la sociedad de este mundo, donde Dios Salvador requiere Su lugar.

Después de la tradicional comida con nuestro obispo, celebramos con solemnidad el oficio divino vespertino en la Capilla Mayor del Seminario, donde nuestros tres seminaristas tanzanos, Bartolomeo, Faustino y John, se consagraron a la patrona de nuestro Seminario Diocesano, como es tradicional en los seminaristas de primer curso de discipulado. En la prédica, don Sebastián animó a los nuevos consagrados a vivir su vocación con confianza y disponibilidad al plan de Dios, pues consagrarse significa ponernos en Sus manos con plena disposición de servicio. Y a todos los seminaristas nos recordó que el sacerdocio tiene que ver mucho con María, pues el cura es el encargado de llevar a Cristo a la humanidad; y que en nuestra configuración con Cristo debemos de aprender de Ella, pues es la mejor maestra, para que un día podamos decir que “es Cristo quien vive en mí”.

“¡Oh Virgen fiel!, haz de mí un auténtico discípulo e imitador de tu Hijo, la Sabiduría Encarnada. Contigo, Madre y modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo en la tierra y a la gloria del cielo. Amén ¡Totus Tuus!”