La semana pasada recibimos la visita de Andrés García Fernández, misionero de la Consolata, congregación religiosa clerical de la Iglesia católica dedicada esencialmente a la evangelización “ad gentes”, es decir entre los pueblos que aún no conocen a Dios. Andrés desempeña actualmente su labor de sacerdote misionero en la selva del Amazonas, en la cuenca del Río Amacuro, en el este de Venezuela, intentando llegar a cada una de las decenas de parroquias que albergan la población indígena de una franja de terreno comparable a lo que sería hoy la Andalucía Oriental.

Para Andrés, la misión es contemplación, trabajo y oración, porque es nutriéndose de mucha oración como más labor se realiza. Nos asegura que su felicidad es adentrarse en la “Galilea de los paganos”, para anunciar la Buena Nueva desde la humildad, amando, escuchando, aprendiendo y viviendo con los indígenas, sin prejuicios ni escrúpulos.

“Padre nuestro…”; porque todos somos hermanos. ¿Cómo vivir sin preocuparme por mi hermano, aquel que ha tenido la distinta suerte de nacer en una región del planeta ajena al estado del bienestar, pero que sigue pagando los derroches de Occidente? Aunque parezca mentira, aún hoy existen amplias zonas de la geografía mundial donde evangelizar y defender la dignidad de los más vulnerables es obstaculizada incluso por las mismas autoridades.