Tras un curso introductorio respondiendo a la llamada del Señor y dando todo lo mejor de mí, me disponía a vivir mi primer verano como seminarista. Este año me tocó de pastoral el camino de Santiago, aparte de por supuesto la actividad en mi parroquia y otros lugares que he visitado.

Del Camino de Santiago, me quedo con muchas cosas. Fue emocionante realizar cada una de las etapas y cumplir con todo lo que el Señor me tenía preparado. Lo afrontaba con mucha ilusión, puesto que era la primera vez que lo hacía. Fuimos 90 jóvenes de la diócesis, 3 seminaristas y 4 sacerdotes, junto a nuestro obispo. Vi al Señor en muchos aspectos del camino. En primer lugar, en los sacerdotes que nos acompañaron y que estaban a nuestra disposición, también en mis compañeros Fran y Barto, y por supuesto en el grupo de jóvenes. Conocí a personas maravillosas, de Torredonjimeno, de Jamilena, de Baeza, Siles…, de multitud de lugares de nuestra diócesis. Jóvenes que se interesaban por nuestro testimonio y a los cuales me abrí, contándoles cómo había sido la llamada del Señor y cómo era mi vida de seminarista. Jóvenes que se paraban a ayudarte cuando te encontrabas mal, que te animaban para seguir adelante, que reían y lloraban contigo, siendo el vivo ejemplo de Dios que se acerca a nosotros para ser nuestro amigo. Una satisfacción enorme haber conocido a esas personas y que seguro la relación y unión que forjamos seguirá.

La dinámica de grupo también era muy interesante. Cuando nos levantábamos cada día, hacíamos la oración de la mañana antes de partir, y nos planteaban una serie de preguntas para reflexionar durante el camino y para por la noche ponerlo en común. Tras hacer la etapa y el almuerzo, un rato de descanso para después salir por el pueblo y asistir a la eucaristía, cenar, y antes de dormir hacer la oración de la noche, compartiendo algunas de nuestras reflexiones del día. Así estuvimos durante 5 días, para finalmente llegar a Santiago. El momento de la llegada lo recordaré siempre, fue emocionante pisar esa plaza del Obradoiro entonando muchas canciones, abrazándonos los unos a los otros y dando gracias a Dios por haber llegado.

También compartimos distintos momentos de ocio, los paseos de la tarde por Pontevedra o Caldas de Reis, el paseo en barco por O Grove o las salidas nocturnas por Santiago. Podría describir muchas más cosas, pero sería muy extenso. Sólo le doy gracias a Dios por haber compartido esa experiencia, por las personas que conocí, por los sacerdotes y nuestro Obispo, por haber compartido nuestro testimonio, por los lugares, por ese encuentro con el Apóstol, en definitiva, por la gracia de Dios que se derramó en cada uno de nosotros.

También destaco la pastoral en mi pueblo, Bailén, donde he dado testimonio de fe en las parroquias y he participado en los actos de tradición popular. He colaborado en la eucaristía en mi Parroquia de La Encarnación y algunos días también en la de San José Obrero. He compartido con la familia, amigos, vecinos y tantas otras personas a las que les he transmitido mi sensación después del primer curso y cómo el Señor ha transformado mi vida. Tengo que hacer mención a dos momentos: en primer lugar, la celebración de las fiestas conmemorativas de la Batalla y en segundo lugar, la fiesta de la patrona, la Virgen de Zocueca, donde participé en las distintas celebraciones junto a mi compañero Fran. Con él he vivido distintos momentos y es un gozo compartir con mi paisano nuestra vocación y el servir al Señor cada día.

En el mes de agosto, y una vez finalizado el Camino de Santiago, me invitaron a las fiestas de otras localidades y también participé en sus celebraciones. Destaco la novena y fiesta de San Roque en Arjonilla, donde participé junto a su párroco Don Ángel y mis compañeros Fernando y Guillermo. También visité Arjona el día de sus santos patronos, Bonoso y Maximiano, donde también participé en su fiesta mayor, con su párroco Don Juan, un grupo numeroso de sacerdotes y mis compañeros Fernando y Salva. Y otro día visité Jódar, donde participé en la eucaristía junto a su párroco Don Juan. Distintos momentos donde también he compartido la experiencia del Señor en mi vida entre sus vecinos y cómo la gente se emocionaba al escucharnos. Sin duda, otro regalo del Señor.

Por último, la boda de un buen amigo en el Santuario de Zocueca, donde me pidió que participara en la celebración, y aunque ya pensaba hacerlo, más emoción me dio que él me lo pidiera, porque sé de la ilusión que le hacía. Otro momento que también disfruté, y a los pies de nuestra Patrona.

En definitiva, ha sido un verano intenso, el verano que Dios me tenía preparado y al que agradezco cada día por todo lo que me da y por este tiempo de descanso que me ha servido para afrontar con más ilusión si cabe el próximo curso.

Antonio Pradas Padilla
Seminarista

Seminario diocesano de Jaén
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